Muchas veces uno tuvo entre las manos un libro de ciencias. Por caso, de Biología en la escuela secundaria. Y aprendió de los textos. Pero difícilmente hubiese llegado a comprender el tema integralmente sin observar con detenimiento, una y otra vez, ese dibujo en blanco y negro que acompañaba el escrito. ¿Alguien se preguntó qué había detrás de esa lámina? Seguro que no. Lo cierto es que la denominada ilustración científica es un pilar insustituible de la investigación. Uno de los oficios más antiguos, que conserva plena vigencia. No es una carrera universitaria ni terciaria. Como los antiguos oficios, hoy en día se continúa enseñando de maestro a aprendiz. En nuestra ciudad hay escuela en la materia. El viaje a sus secretos es fascinante.
“El Museo de La Plata contiene tesoros, muchos fuera del conocimiento público. Creo que los menos conocidos a nivel popular son las tareas llevadas a cabo por parte de su personal”. Así presentó la investigadora Justina Ponte Gómez un trabajo en el que mostró “la refinada obra de Samanta Faiad”, quien está a cargo desde 2013 del histórico Departamento de Ilustración Científica del complejo del Bosque, que hace casi un siglo acompaña y complementa las actividades de investigación desarrolladas en sus numerosos laboratorios.
Puerta 9 del subsuelo del emblemático edificio. Samanta trabaja en una sala pequeña y acogedora. De hablar pausado, define a la ilustración científica como “un arte sin lugar para el capricho estético del artista”.
“Para los científicos no hay estructuras bonitas, hay estructuras. Nuestra tarea es plasmar de forma simple, directa y sencilla la realidad tal cual es. Si se trata de una planta, el investigador necesita que el dibujo no deje duda alguna de que se trata de esta y no de alguna otra”, grafica.
Faiad lleva sobre sus espaldas -o mejor dicho, en sus manos- la tradición de la familia Tremouilles. Es que el gabinete nació en 1927 “cuando ingresó al Museo un inmigrante francés, Carlos Hipólito Tremouilles, para cumplir diversas tareas gráficas tales como tipografía, caligrafía, dibujo y fotografía”, comenta. Luego de su muerte fue reemplazado por su hijo Carlos Andrés, quien, por ejemplo, colaboró con el destacado naturalista Raúl Ringuelet.
El último sucesor de la familia Tremouilles, Carlos Ricardo, continuó con la tradición desde 1984 hasta su retiro en 2013, cuando dejó la noble e irremplazable tarea en manos de Samanta.
¿Dónde se aprende este oficio? “De maestro a alumno”, subraya la ilustradora, quien destaca entre sus “maestras” a María Alejandra Migoya y María Cristina Estivariz (ver aparte).
“Se puede llegar desde muchos lados, desde las bellas artes o la biología”, sonríe, para no dejar dudas sobre el lugar desde el cual arribó ella. Egresó del Bachillerato de Bellas Artes especializada en dibujo técnico (una orientación que en los ‘90 se quitó, al igual que de todos los colegios industriales). Luego estudió y se recibió de profesora y licenciada en Plástica con orientación en Grabado y Arte Impreso en la facultad de Plaza Rocha.
“Trabajé mucho tiempo por mi cuenta. Luego ingresé por concurso a la facultad de Ciencias Naturales como administrativa, y tuve la oportunidad de conocer al ilustrador Carlos Ricardo Tremouilles y pedí un pase de área”, relata. ¿Sabías que existía esa disciplina? “En absoluto”, responde Samanta, dando una idea de que la ilustración científica, pese a que nació en el siglo XV, es un oficio tan importante como desconocido.
La pregunta de rigor: ¿Y las nuevas tecnologías? ¿Y la fotografía? “No pueden reemplazar a la ilustración, sí complementarla. Es que el científico, en su proceso de investigación, quiere resaltar una estructura. Que el ojo no se pierda y decante hacia donde él desea. Además -resalta- las publicaciones botánicas no se consideran válidas si no están ilustradas”.
La docente define a la ilustración científica como “un arte sin lugar para el capricho estético del artista”.
Así, el plumín, la tinta china, las puntas estilográficas, siguen siendo las herramientas básicas de “un arte sin lugar para caprichos” que raramente abandona el blanco y negro.
Faiad narra que “en los momentos en que los investigadores están por publicar, el ida y vuelta es permanente. Tanto, que a veces uno tiene una lámina terminada, el científico viene y dice ‘no, me di cuenta de que esta parte no es así’. Y hay que empezar de cero”. Trabajos que pueden durar días o meses.
Sucede que “pese a estar mediada por la práctica artística, la ilustración científica es un oficio complejo con estrictos códigos, cercanos al dibujo técnico y cartográfico de acuerdo a las normas IRAM, por un lado, que incluye referencias de técnicas, posición de la luz y del material a representar, por el otro”, explica.
El ilustrador trabaja a pedido de los científicos y codo a codo con ellos, de modo que alguien que proviene de las bellas artes tiene que aprender sobre botánica, zoología, antropología, arqueología, paleontología.
“Como vengo de la plástica, vivo estudiando. Y cuando debo empezar a trabajar en un proyecto de investigación, le dedico al menos una semana al estudio previo de la especie. Debo entenderlo y observar correctamente para poder hacerlo”, dice, haciendo énfasis en la “observación”, clave para el oficio.
La ilustradora del Museo trabaja siempre en varios proyectos a la vez. “A veces se requiere dejar un trabajo y pasar a otro, porque son horas y horas y se puede perder la visión integral de la obra”, describe.
La aparición de la ilustración científica estuvo vinculada al surgimiento del estudio de la naturaleza y al desarrollo de las ciencias desde el siglo XV. Los dibujos anatómicos y botánicos como complemento del avance de la medicina y la farmacología son ejemplos claros. La reproducción de imágenes mediante la invención de la imprenta en el Renacimiento Europeo fue vital. Y su etapa de oro se dio con el desarrollo de los viajes de descubrimiento y el naturalismo de los siglos XVII al XIX. “Darwin viajaba con dibujantes, y aquí, el Perito Moreno fue pionero en convocar ilustradores para las campañas”, realza Samanta.
Oficio de los más antiguos; pilar de la ciencia y como tal vigente como pocos, que se enseña “mano a mano”. Lo que no se ve, a veces es esencial.
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